l'abîme des oiseaux
Como una espiral de humo llegó el párroco y ordenó que la ataran a la cama. Las mujeres corrían por toda la casa acarreando muebles que luego apilaban a las puertas del patio. Se había dislocado un hombro al intentar saltar por la ventana y tenían que curarla. Una vez atada, empezaron a afeitarle la cabeza. La abuela lloraba sentada en la esquina del recibidor. Sabía que estaba allí, ya la había visto antes, aunque ahora tenía la cabeza inmovilizada y únicamente podía ver las grietas en el techo y la marca que dejó el rayo al caer sobre el tejado. Antes de quedar dormida, pudo escuchar el sonido ristroso de una cremallera, un tintineo como de cristales y, por último, el legajo de metales quirúrgicos que alguien iba colocando sobre la mesita. Cuando despertó, intentó abrir los ojos en vano; tan sólo pudo escuchar el canto de los pájaros.
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...................................la deconstrucción de maman
–Pobre. Sé que Beñat decidió ocultártelo durante un tiempo. Muchos creímos que, dadas las circunstancias, era lo mejor para ti –la emoción no le impedía frotarse con fruición la entrepierna mientras su mirada se perdía (o hacía como que se perdía) entre las redes metálicas que cubrían, desde fuera, el ventanal. La puesta de sol difuminaba la pared de baldosas amarillas y daba a Víctor un aspecto aún más cetrino del que aparentaba tan sólo media hora atrás. Vi un lamparón brillar entre sus dedos. Al pobre le temblaban los labios–: Gandini se ocupó de los gastos del funeral, así que, dentro de lo que cabe, no se portó tan mal. Rosario era una bomba de relojería a causa del calor y las infecciones. Si Rosario hubiera sido una mujer, y no una ciudad, habría sido Raquel Neira. –¿Y los derechos de autor? Los contratos, los royalties, las liquidaciones anuales…–La mayoría de sus amigos habían muerto o se habían exiliado. Acá los editores dejaron de pagar. Ni una sola liquidación ese año. Yo recibía los cheques y hacía los ingresos. Un día los cheques dejaron de llegar. Ya nadie recordaba a Raquel Neira, su obra había sido estirpada de las bibliografías universitarias tras la Revolución. Los críticos que antes la habían ensalzado, ahora sencillamente la ignoraban.
–Dijo que Gandini costeó los gastos del entierro. Hábleme de él.
–Gandini vigilaba sus cuentas en España. Argentina se había convertido en un infierno. Confiábamos en que todo lo que había publicado bajo pseudónimo siguiera teniendo éxito en Europa...
Así que Víctor sabía perfectamente que mi madre y Carmen Morán no eran sino la misma persona. Bajo pseudónimo, Raquel Neira se mostraba en su estado más salvaje: noveluchas sentimentales de corte lésbico en edición rústica y pusilánime cartoné que llegaron a venderse por entregas en los kioscos. De su editor en Madrid tampoco se supo nada, me dijo. Éste se había adelantado a los acontecimientos, a la ola de fagocitosis, fusiones y absorciones indiscriminadas que sufrió la industria cultural española en la década de los diez. En Rosario se habían empezado a repartir las primeras cartillas de racionamiento. Como era de esperar, el capital editorial fue transferido, y el inmueble –propiedad, no del director editorial, sino de su suegro, consultor senior de Shelley & Brothers– vendido a Kalmukian Airlines. Todo esto fue mucho después de la muerte de maman, aunque el preludio de la catástrofe ya se había ejecutado en Argentina durante los años anteriores, época que precedió a la hospitalización de Raquel y a la ascensión de sus colaboradores: aves de rapiña, ratas hambrientas posando junto a Uribe en el hall del palacio Longoria de Madrid.
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détournement

–Es usted Víctor, ¿verdad?... Alberto Neira, una visita.
Un atisbo de estupor surca su boca. Es asqueroso. Decadente. Es imposible que me reconozca. Me mira fijamente como si quisiera justificar su decrepitud a través de mi desobediencia. No puede ocultar que está cansado. Debí venir por la mañana. ¿Puede ser que me haya reconocido? Víctor (más bien lo que queda de él) deja escapar una sonrisa verdeazulada y humeante.
–Disculpe –me mira de arriba abajo, sus ojos parecen lanzar un destello de conmoción, un pequeño simulacro de vida. Escupe. A decir verdad sus ojos no lanzan ningún tipo de destello, están nublados, ciegos, desposeídos de toda emoción–, no le conozco. ¿Me busca a mí?
–Vengo a ver a Víctor Bonate. Usted es Víctor Bonate.
–No, no, no, no hay ningún problema, pero ¿qué apellido ha mencionado usted? –se lleva la mano al estómago, como si le doliera.
–Me ha reconocido, ¿verdad? Cuando entré en la sala. Se me quedó mirando. ¿Sabe quién soy?
Vuelvo a presentarme. Automáticamente se pone a teclear frenéticamente en una máquina de escribir hecha de papel y cartón que hay sobre la mesa. Está fuera de sí. Decido seguirle la corriente.
–¿Carácter de la Misión?
–Secreta –respondo–. Es una Misión Especial.
–¿Y cuál es el propósito de su misión?
–De momento es un misterio. Alguien me dijo que tendría que informarme aquí.
–Un misterio desvelado sigue siendo un misterio –escupe–. El ojo clínico del profesional puede despojar el mensaje cifrado de su disfraz. Pero, ¿qué hay debajo del disfraz? ¡debajo del disfraz hay otro disfraz! De forma interminable. Inagotable –al pronunciar “inagotable” mira a su alrededor como si hubiese articulado una palabra prohibida. Continúa, tapándose los labios–: El profesional atravesará diferentes capas, diferentes niveles y estratos, cada vez más inaccesibles, más profundos. Sin límites ni fondo. Es algo más que un viaje peligroso: es un viaje interminable, ¿entiende? Sin fin –hace una señal con la mano para que me agache y acto seguido se mete debajo de la mesa. La enfermera, sin llegar a perturbarse, levanta la mirada de su revista y nos observa circunspecta desde el otro lado de la sala. Antes de darme cuenta ya estamos conversando a cuatro patas bajo el escritorio.
Me habla acerca de un niño taciturno y callado que correteaba por los jardines de la clínica los días de visita, con pantaloncitos cortos y el pelo cortado a tazón. Otro escupitajo gris perloso. Siempre tras las faldas de una nodriza de piel negra como el tizón. Cuánto has crecido, me dice. Te perdí la pista más o menos cuando tenías nueve años, desapareciste junto a Beñat, el banco devolvía los recibos, las misivas de tu padrastro dejaron de llegar. Se tapa la cara con un pañuelo limpio. Parece que vaya a echar las vísceras. Se incorpora.
–Es una misión difícil y complicada... –un estertor lo atraviesa de arriba abajo. Vomita sobre mis zapatos.
–Por supuesto...
–Más bien un poco... particular. Perdone, ¿cómo decía que se llamaba?
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canne
El speed provocó la caída en picado de mis niveles de serotonina, dejándome profun- damente trastornado. Fue así de fácil. Un amor instantáneo. Dos pollas que se frotan mortecinas y arrugadas. Dos cuerpos que han entretejido la náusea en un colchón antediluviano salpicado por la mierda, el sudor embrionario y la luz que el mediodía motea sobre ellos, irradiando el miedo al colapso a través de las sábanas. Le llamé cínico. Qué idiota. Antes de darme cuenta ya se habría marchado. Siempre discutíamos llegados a este punto. Era incapaz de satisfacer completamente este ansia feroz que saturaba lo que horas antes había sido un calmo y reconfortante vacío. Mi vacío interior: un pozo sin fondo de anhelos y necesidades. Mi vacío interior. Es como haber nacido con una mano zamba radial que tan sólo un servidor puede ver. Me cuelga un tercer bracito, un bracito interfecto, inútil, extraterrestial. He sobrellevado mi deformidad recordándome que únicamente era evidente para mí. Miro a este chico a los ojos. Sé que ha intentado ser un amante complaciente. Decido dejarle marchar, sin violencia. Seguramente todo esto hubiera desembocado tarde o temprano en un cuadro obsesivo-compulsivo similar a los que padecía maman.
Maman enloqueció cuando yo tenía doce años. Entonces los médicos pensaron que su desorientación con respecto a la edad, así como ciertos delirios auditivos y olfativos, podían ser el indicio de una esquizofrenia paranoide tempranamente asimilada y postergada por su familia, de la que no había quedado ni una sola rama del árbol genealógico sin afectar por la locura desde los tiempos de Pedro el Ceremonioso. Su conducta ya fue tildada insecticidamente por mi abuelo desde la adolescencia aunque, por lo poco que escuché, yo nunca hubiera imaginado nada, aparte de las rarezas y caprichos atribuibles a cualquier personaje femenino que more una novela de Flaubert. Lo cierto es que intentaron ayudarla, pero el coma insulínico, los shocks medicamentosos y eléctricos no pudieron evitar que saltara al vacío desde la azotea de un edificio residencial cierta mañana radiante de 1996. Se me ocultó la noticia hasta los primeros días de febrero de 1997, y el encargado de dármela fue el padre Amador, durante una excursión del colegio católico a una procesadora cárnica en algún lugar al sur de Portugal.
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La tête

Ellas estuvieron ahi, casi pude tocarlas. Las guirnaldas colgaban del techo, una piñata enorme giraba pesadamente al ritmo del blues. Decenas de pequeños haces de luz me mostraron los detalles ínfimos; unos labios brillando en una cara mortecina, un par de medias de red rasgadas, el abrigo de piel raído por el tiempo, la sustancia que flota en el fulgor arenoso y fragmentario del aire, la condensación de mi cliché lyncheano en mea culpa susurrante y ceremonial. Una concatenación de escenas distantes, sin final y sin principios, los resortes de mi artilugio determinista. La repentina y gigantesca aguja de coser entre mis manos: un Mac Guffin parkinsoniano o idiota a secas. El deseo de unirme a ellas en su danza abandónica. Estuvieron ahí sin duda, bailando en el centro de la habitación. Su perfume de flores rancias, sus sonrisas incorpóreas... Me levanté del suelo y caminé hacia ellas sin esfuerzo, como dejándome llevar por la misma abulia de los miembros, memorizando cada uno de mis futuros pasos. Vamos hacia allí una vez más. La música ha dejado de escucharse. La piñata pendula, ahora en silencio, imposiblemente lenta. Carga algo muy pesado en su interior. Como si no supiera lo que es...Y miro la aguja, y parece como si ésta me devolviera la mirada, y alguien o algo suspira sobre mi nuca. Levanto el brazo en un movimiento que parece cincelado por el aire mismo que me rodea, la punta de la aguja acariciando la superficie de la piñata. Algo cae al suelo con un golpe seco pero a la vez quebradizo. Mirar me atemoriza, pero ni siquiera pestañeo. Abre los ojos.
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Estela (21/12/69)

La luz del fondo tiene una tonalidad entre azulina y nacarada, un haz cilíndrico iluminando el cartón pintado color turquesa. Estela está sentada sobre las rodillas de Papá Noel, con sus medias rojas y su pequeño abrigo de piel de Cachemira. Él es inadecuadamente joven, y su barba de cotillón está torcida hacia un costado. Sus ojos acusan una marcada ascendencia oriental. En la tienda de regalos suena un disco de Nino Bravo. Al partir, un beso y una flor, un "te quiero", una caricia y un adiós... Algo crece, involuntario. El flash se dispara. La mirada torva de Estela se alza, suspendida en el tiempo. También el ceño esquivo de Papá Noel. El deseo subterráneo de apartarse el uno del otro se queda en el aire para siempre.
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A último momento intentó corregir la dirección del coche, pero fué solo por inercia. Por nada del mundo borraría de sus recuerdos ese instante sublime en el que mamá dejó de insultarlo y su boca carmesí dibujó una O perfecta, y los ojos pequeñitos detrás del grueso del maquillaje se fueron abriendo cada vez más, y más, y pareció que iban a salírsele de las órbitas. El asombro le abrió la puerta al horror, y mamá comenzó a gritar, y su chillido fué agudo como el de un cerdo apenas siente el frío del metal atravesando su carne. Siguió acelerando, cada vez más a fondo y sin mirar el camino delante. Solo quería mirarla a ella, y la desesperación granguiñolesca que se apoderaba de todo su cuerpo enjuto. Estaba seguro de que mamá jamás había imaginado algo así. El viento que entraba por la ventanilla estuvo a punto de volarle la peluca, y él lanzó una carcajada que considerando la situación sonó funesta . Entonces ella desvió los ojos de la ruta, y encontró los suyos, y le suplicó piedad. Ese gesto de piedad que en cuarenta años jamás le había concedido. Por eso a último momento intentó corregir la dirección del coche, pero fué solo por pura inercia. Sabía que era demasiado tarde para corregir cualquier cosa.Labels: deconstrucción:de:maman

A menudo, en sueños, Antonio se desdoblaba en dos o en tres y hasta inclusive cuatro personalidades distintas. En este mismo instante, por ejemplo, se encuentra en el comedor de una gran casona colonial, tomando mate en compañia de su madre. A medianoche...
Conflictos edípicos irresueltos relativos a una fuerte influencia castradora acusan tamaño desfasaje temporal. Al mismo tiempo Antonio esta presente en las dependencias de servicio, dos plantas mas arriba, fregando platos en el agua del water, un más que claro mecanismo reflejo culposo de su adicción al sexo en los baños públicos. En ese preciso momento tambien esta bajando la escalera, munido de sendas maletas, exultante tras haber tomado la crucial decisión de abandonar a su mujer, una jiennense de cincuenta años con problemas mentales y de motricidad que aceptó casarse con Antonio para que éste pudiese obtener la ciudadanía española; tanta es su felicidad que no repara en la sustancia verdinegra y viscosa diseminada a lo largo de la baranda y los escalones inferiores, y que casi lo hace trastabillar. Al llegar al vestíbulo en penumbras, un chasquido seco, una especie de clac clac absurdo lo sobresalta. Una extraña silueta recortándose sobre el marco de la puerta de calle. Enciende la luz del pasillo para ver mejor al intruso. No da crédito a sus ojos. Una criatura crustácea de 1.50 de alto por 2.20 de ancho (contando las pinzas extendidas). Su caparazón esta recubierto de gruesos pelos rojizos. Antonio intenta gritar, pero de su boca solo salen unos apagados sonidos guturales. La criatura, que es de sexo femenino indudablemente, extiende una de sus pinzas hacia su entrepierna y de un limpísimo corte cercena su pene. Ahora si, Antonio grita exhalando el aire con toda la fuerza de sus pulmones. Cuando se despierta en su cama, su mujer todavía sigue allí, con los ojos desorbitados y una enorme tijera de podar entre las manos.
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