jugo de vidrios

Friday, November 08, 2013

Desde el arcón de la ignominia


                                                          



(...) Lo que sigue es un reparto, tan solo un escueto cast of characters alla Agatha Christie de Lullabies for Rich Kids, el borrador de la novela inédita de Lucius Thorpe que quedó practicamente destruída por el fuego en el incendio de su rancho de Lake Tahoe, en el verano  de 1918. Definida por su gran amigo, Sir Poliphemus Raleigh (el único que tuvo acceso al manuscrito) como "apabullante" y muy superior en escala y ambiciones a Los Bradenbrook, ha sido considerada desde entonces como una de las grandes pérdidas de la literatura del siglo XX, junto a Los Manuscritos Prostáticos de James y El Deshacedor de Borges (Juan Carlos). He aquí el fragmento:
(Traducción de Hermenegildo Partuzza)

Dramatis Personae

Clarence Goodbutt III: Patriarca de la familia. Un auténtico self-made man, Clarence amasó su fortuna traficando armas, embutidos y prostitutas durante la guerra de Crimea. A finales del XIX y habiendo edificado un vasto imperio de conservas y productos alimenticios, muere en un confuso  accidente durante una visita a una procesadora cárnica equina. Su historia es contada a través de pequeños flashbacks al promediar el capítulo cuarto y a finales del séptimo y el decimoctavo. No obstante, su anecdotario sobrevuela la trama en el stream of consciousness del resto de los integrantes de la familia.

Lady Florence Nightcunt: Suelen referirse a ella como "la zorra". Casada en segundas nupcias con Marvin Goodbutt, el hijo mayor del clan. Su primer marido, un rústico comerciante de chacinados, muere en extrañas circunstancias. Su aire taciturno, la palidez, y los objetos rituales que atesora entre los cajones y bajo las cómodas sugieren cierta clase de vínculo necrofílico que la ata a su difunto primer marido más allá de la muerte y de toda lógica.


William Osborne Jr.: Se alude a él en ocasiones como "el primo"("sweet cousin" en el original). Un personaje secundario, un pariente lejano que solo aparece en bautizos y funerales. Su temperamento hierático y estirado suele abandonarse a las costumbres más laxas al promediar la tercera copa de brandy. Años atrás fue protagonista de un luctuoso suceso acaecido durante un responso, involucrando una zanahoria y un pepino (sic), del que nunca se habla, pero que es rumoreado por todos “sotto voce".

Constance Chardonnays Goodbutt: La centenaria, enajenadísima esposa de Clarence, encerrada desde hace años en una buhardilla del ala norte del chateau familiar. Su origen criollo y su suicidio a lo bonzo (que desencadena el incendio que concluye el primer tomo) la emparentan con la Bertha Rochester de Jane Eyre. Antes de saltar al vacío envuelta en llamas, profetiza el advenimiento del nazismo y la fundación de la franquicia Tupperware, y su inevitable raigambre en el imaginario colectivo femenino de la segunda mitad del siglo XX.


Marvin Goodbutt Jr.:Víctima de una misteriosa enfermedad contraída en Nepal, permanece internado en un sanatorio de Lausanne durante la mayor parte de su vida. Ciertas disquisiciones y exabruptos durante un pico de fiebre y el recuerdo de un personaje asexuado (que podría ser un compañero de imaginaria de sus tiempos como cabo primero y supervisor de caballerizas en Surabaya) sugieren una homosexualidad poderosamente reprimida, fagocitada por los conflictos internos y la poderosa estructura fálico-patriarcal familiar.


Conchita, la mucama española: Personaje que actúa como un mecanismo de "comic relief" debido a una insipiente torpeza y algunas digresiones delineadas por poderosas fantasías masturbatorias con los varones de la familia.

Monday, November 04, 2013

A la bouche du loup



El ascensor está a oscuras; su interior se adivina angosto y quizá posea cierta forma rectangular, pero no podría asegurarlo. El reflejo tenue de un cristal cobrizo de lotos labrados, al fondo, recorta la silueta de una persona. Automáticamente inclino la cabeza a modo de saludo, aunque es muy probable que no pueda verme en absoluto. Yo lo único que alcanzo a distinguir de la misma es su estatura, y una media melena de cabellos ralos, castigados por una edad avanzada, o quizá por la acción de los elementos. El silencio es total. Más tarde, en un futuro hipotético, podría haberme cuestionado acerca de mi falta de curiosidad, o sobre esta necesidad imperiosa e injustificada de subirme a éste ascensor a oscuras y no a otro... Un momento breve condensa toda una vida salpicada de imprudencias. No acaba de cerrarse la puerta automática y unas manos marmóreas de delgadísimos dedos se abalanzan sobre mi cuello, en un movimiento seco, terroso, que venía intuyendo desde siempre, en cada callejón sin salida, cada vez que encendí la tele con los pies descalzos, en todas las siluetas insinuándose en la penumbra, al final del pasillo…

Sunday, July 31, 2011

La noche anterior a disipar todas mis dudas no dormí. No pude cerrar los ojos ni pestañear. Ni siquiera sé si respiré. Aunque a decir verdad no sé si tengo ojos; si algo en mí puede pasar por respiración es el aire o el agua que llenan este vacío un día moldeado en mi interior por manos colmadas de imaginación. Pero volvamos a los hechos. De noche, cuando el sol se ocultaba yo me transformaba. Fueron muchas noches, a lo sumo un centenar. Al final desaparecí, no sé si me rompí, el relato de mi existencia termina abruptamente. Mi última noche como recipiente de dudas y esperanzas fue como todas las demás (una secuencia segmentada, un collar de cuentas lúcidas bajo las estrellas, una sucesión de ojos sin párpados: herméticas, sibilinas, así fueron mis noches).

Lo realmente interesante ocurría de día. La persistencia de la memoria aflora de madrugada, durante la noche. Las dudas morirían al alba para dejar espacio a las esperanzas. La esperanza es una entidad diurna, aterradora y voraz. La esperanza planea sobre la duda, la esperanza, al igual que las ratas y las cucarachas, sobrevive a un invierno nuclear. Los incendios forestales, las hambrunas, los crímenes del amor, las enfermedades, las guerras, son el dulce alimento de la esperanza. Como todos sabemos la duda perece bajo los rayos diurnos, bajo el fuego de la razón, por aturdimiento o imprudencia, indiferente al método con que pretendamos reducirla a cenizas, pero... matando la duda dejamos el resto de nuestro espacio interior a un ser mucho más codicioso, vil y hambriento: la esperanza, que como ya saben lo corroe todo: el amor, la salud, la deuda externa, los inviernos nucleares, las cenas de aniversario, el fondo de las vasijas, ¡todo!
¡Tengan cuidado con ella!, la esperanza es lo último que se vence.

Me gustaría aclarar algo importante: en realidad soy un ánfora o en todo caso una jarra, no una caja, Tal deformación de mi imagen persiste desde el Renacimiento verbigracia de un napolitano que acabó sus días apaleado en un burdel de Mallorca, pobre, y tampoco fui moldeada por Hefesto. En lo que se refiere a Pandora, ya ven, una pena. Enjuiciada injustamente. Saboteada. Además, si lo piensan bien, ¡Pandora evitó un desastre! Les contaré una cosa. No fui hecha ni como castigo divino ni como prueba a los humanos. Fui un regalo. Un regalo colmado de las excelencias de la vida mundana: la vejez, que algunos no alcanzarán a ver, las enfermedades (empezando po la más grave de todas: el amor incondicional), la pereza (¿qué serían sin ella dioses y mortales por igual, sino esclavos encaramados al tripalum?), la locura, que es la madre de la razón; el vicio, la pasión, la tristeza, la pobreza, el crimen... no dudo que Zeus urdiera una estratagema y pusiera esta furia optimista en el fondo de mí para que, una vez destapada, salieran al mundo, en estampida, todas las virtudes, todos los dones del Olimpo, aterrorizados por el monstruo de la esperanza.

Friday, March 18, 2011

the standing dead

Esa noche soñó con un cocktail, una recepción informal en un local elegante y bien iluminado, quizá una despedida de soltero, o una fiesta conmemorativa de algún instituto, una peculiar vernisage en donde los comensales envejecían en cuestión de meros segundos, ínfimos segundos tardaban las risas joviales y sardónicas en transformarse en desdentadas muecas de azoramiento, raros peinados nuevos y pelucas de diseño caían inertes al suelo cubriéndolo todo como una alfombra deshilachada y mugrienta, las ropas se ajaban, virando a tonos amarillentos como un efecto fotográfico en una película cutre, una copa estallaba en mil pedazos debido a los cambios bruscos de temperatura, o a la condensación de los gases orgánicos en un recinto cerrado, o al simple hecho de que una mano artrítica la haya dejado caer al suelo, ceguera, y lunares, y verrugas instantáneas distribuyéndose en una onda expansiva concéntrica de decrepitud imposible de eludir que bien podía oponer una explicación lógica, o bien ser producto de un encantamiento fétido por lo que más fuese, la vulnerabilidad, el desamparo en los miembros mustios abriéndose como en racímos bulbosos raquídeos, o alveolares, genitales yermos por donde la sangre apenas irriga y crepita como las hojas secas, una extensión de llanuras mortuorias donde antes brotaban los fluídos almizcles secretados por gozosas glándulas, un abrir y cerrar de ojos, un carpetazo al libro de la vida que acaba con todas las percepciones subjetivas y el miedo a perder el trabajo, y a las tormentas eléctricas, y al hombre que nos tira de las sábanas, y a ese bulto ovalado en el huevo izquierdo, un yunque, una trasposición mastodóntica de sentido que lo convierte todo en un detalle pintoresco en una anécdota ya cerrada, lo que dura un minuto de juventud irreflexiva, lo que tarda un copo de nieve en caer al suelo en una bola de cristal, una miniatura dentro de otra miniatura.



Wednesday, February 16, 2011

Driving Esther


Del diario de Víctor Bonate


Sueño 22-02-83


La dirección del coche está bifurcada. El volante está en el asiento de atrás. Sentada en el de adelante, Esther controla los pedales. La coordinación es dificultosa. Intento esquivar el desastre a fuerza de volantazos, pero la velocidad está en otra parte; está en el filo de las uñas penetrando en la dermis, dentro de unos puños crispados. Solo puedo verle la nuca, pero también veo sus arrugas como surcos azarosos abriéndose paso bajo el grueso de un maquillaje aguachento, ya de por sí pastoso. Una caricatura más de si misma, avanzando sin saber hacia donde.


Tomamos Avenida Corrientes altura Talcahuano a toda velocidad hacia el cauce de la 9 de Julio, con el tránsito congestionado de las dos de la tarde cualquier día en semana. Por supuesto que es imposible, pero ahí esta la inercia, la pulsión del destino en una carrera de obstáculos, la mentira de huir hacia el futuro, aunque sea cualquier otro el que esté al volante. Seguimos bajando en dirección al puerto. Maniobro hacia el último carril izquierdo a la altura de Reconquista, intentando esquivar un camión de ganado imponente como un muro de carne. Yo pura resina; ella toda llama.

Algo golpea el capó del coche. Esther pega un grito que es como el sonido seco, terroso de una estampida. Puedo presentir todos sus movimientos cada vez que el pánico la azuza, porque digamos la verdad, solo es un detritus de mi imaginación, un cliché alelado de decadencia chic que en algún momento fue gracioso, pero ahora no, porque por un instante efímero como el parpadeo de una persecución, se revela como el titiritero en las sombras que realmente es.

Pisa el freno y el coche derrapa, y se estrella contra un poste de luz, unos metros más abajo, antes del cruce con la Avenida Alem. Había pensado que llegaríamos al río, para hundirnos bajo sus aguas negras y brillantes como la brea. A través de la luneta veo a alguien que corre hacia nosotros, haciéndonos señas. Un niño yace en el asfalto. El humo asciende desde la tracción delantera. Por fin hemos llegado. Esther se acomoda la ropa; ha recobrado la compostura. Su cabello rubio cae en bucles como un artificio icónico; como el retrato de Farrah Fawcett que colgaron en el Smithsonian como cabeza de turco.

Es el parpadeo de todos los obturadores el que nos excusa de nuestra actitud antisocial. El sigilo de los micrófonos ocultos que nunca aparecen. El chasquido de horror de lo cotidiano. Un miedo ancestral que en el fondo ella y yo sabemos muy bien de donde viene. Ella asumirá toda la culpa, sin embargo. Porque los coches con dirección bifurcada (sic) no existen. Porque yo quiero que arrastrarse por un hombre esté en su naturaleza. Porque prefiero desquiciarla enviándole mensajes glaciales en pruebas de polígrafo antes que aceptarla como lo que realmente es. Porque no voy a parar hasta hacerla mierda, y que de su nombre mancillado sólo quede el susurro de una leyenda urbana, de esas que se cuentan por los pasillos para asustar modelos primerizas.

Thursday, September 02, 2010

El jardín de los senderos que se autodestruyen

1-Esa noche soñó que iba a ver a su amante, un espléndido y agresivo ejemplar de poco más de cuarenta años, y lo encontraba avejentado y consumido, tapado hasta el cuello con frazadas roídas por el tiempo y los insectos en una tarde de calor sofocante. No había transcurrido mucho desde su último encuentro, tan sólo unas semanas quizá, a lo mejor poco más de un mes. No sabía su nombre, nunca se lo había preguntado, y él no era del tipo que se molestara en presentarse ante una mujer. No era arrogancia, sino su naturaleza simple y depredadora lo que alimentaba sus encuentros furtivos, el miedo a lo desconocido y una necesidad íntima de ser auscultada, olisqueada y deglutida por un animal rastrero; un hombre de pocas palabras, ojos azules apagados,e incipiente barriga cervecera. Quizá un capataz de obra o un oscuro inversionista ignorante, dueño de un piso amplio y comfortable, de intenso mal gusto. Más de una vez se imaginó a sí misma desmantelada sobre aquél suelo de mosaico ajedrezado del pequeño patio trasero que daba a su habitación, sus pertenencias desperdigadas flotando en un riachuelo de sangre turbia escurriéndose por el desague, tarjetas, servilletas de papel con números de teléfono susurrados por extraños a la salida de los servicios de alguna estación de tren en horas pico.
Era él, sin duda, pero el anima libidos brillaba ahora por su ausencia; únicamente un recuerdo áspero en sus ojos legañosos extinguidos. Un aroma acre de orina y halitosis flotando en la habitación, una caja de zapatos llena de medicamentos vencidos, pilas de diarios húmedos pudriéndose en una esquina, una mise en scéne simbólica y algo naif, una burda representación de la vejez más mezquina y solitaria.

La cogió del brazo, intentando desviar su atención de la mugre que los circundaba. Le estaba pidiendo algo, pero las palabras no salían de su boca, se extinguían en su laringe con un crujido de hojas muertas. Se estremeció al recordar su antigua compulsión por hurgar entre sus genitales y el culo, como si hubiese perdido algo allí dentro y le urgiese volver a encontrarlo, una búsqueda infructuosa que siempre parecía estar volviendo a empezar. Quería decirle algo. La presión en su brazo izquierdo se hacía cada vez más fuerte. Ahora su impotencia y el desamparo se funden en el recuerdo de su falo enorme, antaño poderoso y despiadado...

2-Despierta en una habitación que no es la suya. Ha perdido la noción del tiempo, aunque la perpendicularidad de los débiles rayos del sol cayendo sobre el ventanal le sugiere que podrían ser más de las seis de la tarde. Prefigura un patio interno y gris más allá de los cristales, varios metros más abajo. Intenta recordar como ha llegado hasta aquí, quien la ha depositado y arropado vestida en esta cama de dos plazas, cubierta por un edredón deshilachado y grasiento. Las ventanas estan cerradas, pero una suave brisa parece agitar el cortinado blanco acariciando el suelo.
Una visión temblorosa en la semipenumbra del cuarto; detrás del genero blanco hay una silueta inmóvil, de espaldas. Es un niño, o quizás sea un enano, mirando por la ventana. Transcurre un tiempo hasta que sus ojos se acostumbran a la penumbra, un tiempo silencioso e interminable. Intenta incorporarse en la cama, alelada por una jaqueca intensa localizada en la base del cráneo y sintiendo su cuerpo como apaleado bajo las mantas. El contoneo suave y arrítmico del cortinado le permite vislumbrar por una fracción de segundo la cabeza del niño, su cabello oscuro y sedoso, el cuello de su camisa de un blanco impoluto.

"¿Sábes quién soy?" Tres palabras que parecen flotar a su alrededor, munidas de una fisicidad imposible. ¿Ha sido el niño, o a lo mejor su propio eco, o una voz aflautada en su cabeza que nunca se había pronunciado antes? Los músculos de su espalda se tensan dolorosamente como cuerdas metálicas estirándose hasta el límite de su mandíbula desencajada. De nada sirve esperar una respuesta, una réplica que tuerza el sentido de esta inquisición desasosegante y antirretórica que aún flota por el aire viciado de esta habitación como un encantamiento fétido. El niño permanece inmóvil, como una estatua viviente, o una cabeza parlante, detrás del cortinado. Es en vano esperar. La voz sube el volumen y se dispersa, imitando el graznido y la urgencia de unos pájaros desbandados.
"¿Sábes quién soy?!"

Sunday, August 22, 2010

2ª nota de suicidio de la señorita Rottenmeyer












No imagino nada más prudente que el suicidio.
Manchar el árbol de la vida con un “SÍ” rotundo.
Y no me refiero a atravesar de cabeza
la superficie ajedrezada
ni a pegarse un tiro en la boca (para nada
un bosque expresionista en la pared,
un pie desnudo y el dedo gordo
colgando del gatillo).

Me refiero a otro tipo de tumulto,
quiero decir, algo
mucho más ácido o prematuro:
una forma de chantaje para unos,
picor de culo en días de viento para otros,
algo que nos recuerde
aquella casa y aquellas habitaciones baldías,
aquel sueño inmarcesible y aquel río
donde los gatos románticos
se comían a las ranas.

Wednesday, June 16, 2010

Je suis une pute


¿A qué me recuerda este lugar? A la promesa de un invierno crudo. A un mediodía aséptico a fines de septiembre, lleno de nubes que entran por la ventana. A un tiempo perdido y aún así rico en proverbios. A un matar el tiempo. A un temblor en el habla, a una parquedad en los vestuarios. A un sendero cubierto de hojas muertas, cuando ya casi nadie queda en los parques.

A la confirmación de una soledad unánime y urgente en cada desconocido que entra y sale de su casa a medio camino entre Kennington Lane y Vauxhall, al otro lado del río, al miedo dickensiano (y totalmente infundado) al hambre, al drama y al valor espúreo.

A querer llegar a todos y no querer llegar a nadie 

Thursday, April 29, 2010

Conseils á un petit moineau

18 de abril de 1984

(...) ¿Que cómo narrar tu primer encuentro con Leopoldo? Pues simplemente deja que el odio coja la pluma. Solo puedes optar por la fragmentación, querida, no apuntes a la coherencia. La banalidad no es opcional. No deberías dejar de mencionar la botella de Legui, y los dos cabos y el general (¿Lambrusco era que me habías dicho?) que iban de fajina, escudándolo triangularmente. Podrías hacer de la botella un leit-motiv que funcionase como un mero trompe l'oeil; describe sus cualidades físicas de manera aleatoria, el grabado en la etiqueta, la rusticidad de sus curvas, la apariencia inalterable de su sustancia interna discretamente intercaladas entre todo lo demás. Y no tengas miedo de irte por las ramas; puedes decir tanto con tan "poca cosa"... El valor icónico de una botella de Legui nunca ha sido declarado hasta el momento, que yo sepa. Díme la verdad: ¿Sentiste mucho miedo al ver esa cara rocosa, aislada de la multitud, auscultándote tras esos enormes Ray-Ban? La misma inquietud reverencial que destilaban ciertos emperadores. Ese aura... Te alargó un papel con uno de los cabos, no es cierto? Eso me lo contó hace un par de años Estelita Calcagno."El Teniente estaba muy nervioso esa noche. Si es que en el fondo era muy tímido"... (Esa mujer estaba descerebrada ya desde mucho antes del "accidente".) Para algunas personas el alcohol se vuelve indispensable porque ayuda a desenfocar un poco la inestabilidad afectiva. En Leopoldo refrenaba (o al menos refinaba) un poco esa necesidad íntima de destruir. ¿Qué decía en ese papel, Esther? ¿Estaba escrito de su puño y letra? ¿Cuales fueron sus palabras textuales, un impertérrito llamado a las armas, o al silencio? (...)


 

Wednesday, March 24, 2010

South American Gothic



Me acuerdo del camino hasta la chacra de tu padre, Emita, una vez llegar hasta Las Mercedes; senderos angostos de tierra agrietada abriéndose paso entre la exhuberancia de los maizales que allí crecían salvajes. Jamás volví a ver otra plantación de tres metros y medio de altura. Una vez te pregunté por qué a nadie se le había ocurrido iniciar unas tareas de asfaltado por allí. Tú me sonreíste torciendo la boca levemente, un gesto tan tuyo y a la vez tan típico del lugar. Recuerdo la primera vez que los vi. El autobús iba muy despacio, como renqueando sobre el barro grumoso y traicionero. Yo llevaba en mi valija toda mi colección de revistas y estampitas de cine para que las viésemos juntas al calor del horno de cerámica, tomando unos mates. Cada tanto abría la valija y las miraba, porque no había nada que hacer y el camino pedregoso era tan lento como una procesión hasta la Basílica de Luján. Entonces apareció el primero, de espaldas al cristal delantero del autobús, flotando en el aire con sus brazos extendidos y las piernas abiertas. Un viento sacudía el género de su traje y los bordillos de sus pantalones, que parecían aletas pequeñas, aunque el sombrero permanecía fijo sobre su cabeza. Me dí vuelta, alarmada, como buscando una respuesta o quizá cierta complicidad en el asombro de los demás. En ese autobús sólo iba gente mayor, de gestos cautos y expresión cansada; evitaron mirarme a los ojos. El conductor apenas tocó el claxon. Era casi un muchacho; giró su cabeza hacia nosotros suavemente. Luego posó sus pies sobre la tierra y se alejó corriendo para perderse en la densidad de los maizales. Más adelante había unos cuantos más, elevándose en diferentes niveles, burlando la direccion del viento, trazando quizá una cierta geometría en el vacío entre cuerpo y cuerpo. Algunos flotaban despreocupados a la altura del autobús, obstaculizando el camino. El conductor tocó el claxon una vez más. Un hombre de barba larga y sombrero Fedora nos abrió paso elevándose hacia arriba... ¿Vivían realmente entre los maizales, Emita? ¿Por qué se vestían asi, por qué nunca me hablaste de ellos? Ya sé; una sonrisa de tu parte es todo lo que obtendría como respuesta... Algunas noches, cuando estoy recostada en la oscuridad y el sueño tarda en venir, se me aparece de la nada tu cara de niña entre mechones de pelo rojizo racheando en el viento. La tuya es tambien una sonrisa radiante que parece flotar mientras se aleja sin tocar el suelo, sin prisa, despreocupada, quien sabe hacia dónde...

Saturday, February 20, 2010

novalis blue

> Subject: carpeta azul!
> From: ljasnikovski@kac.pl
> To: a_winieczka_r@hotmail.com
> Date: Sat, 12 Jan 2019 06:29:33 +0100

Querida Angelina, corto y pego la última parte de su email:

“… Decía algo así como: brumas nocturnas, soledad, la piedra luna que en tus manos encontré como ranuras donde no mirar."

Carrion sólo esperaba que mis esperanzas, lejos de abordar quimeras, levantaran su morada sobre la roca humilde, porque lo clásico es lo sano y lo romántico lo enfermo, porque lo sano siempre prevalecerá sobre el “jirón de niebla” que se ha llevado a toda una generación de nuestros mejores poetas argentinos a las catacumbas del oro blanco y las flores azules de Novalis. Yo siempre me sentiré más identificado con el bello estramonio de E. T. A. Hoffmann, en toda su dimensión extemporánea, cruel, mediocre y teatral.

En lo que a mí respecta a la situación actual y a las aportaciones del nuevo Gobierno en materia de educación, siempre me vienen a la cabeza las palabras de Deleuze al considerar que "Sade distingue dos tipos de maldad, una maldad estúpida y diseminada por el mundo, y la otra depurada, reflexiva, que, a fuerza de ser sensualizada, se ha hecho «inteligente»"; y tal vez el mecanismo que pueda sobreponerse a este paradigma de creación de sentido, en términos de impregnación nacionalista, sea el empleado en la actualidad por esos mamarrachos, agudos pero apocados, esa głupi ludzie de los "hipogrifos", ya que la activación del sujeto (y sus límites) en el mundo como torturador o como víctima resulta indiferente, siempre y cuando se haga legalmente: lex loci contractus.

Por favor, intente volver al piso de Carrion y encuentre la carpeta azul de maman. Por cierto, he decidido hacer una visita a Víctor Bonate, espero que no le importe.


Un cordial saludo,


Leopoldo Jasnikovski
Kalmykian Airlines Consulting
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tel 583 40 02 24 / 583 40 02 25
ljaśnikovski@kac.pl



Thursday, February 18, 2010

Une soirée hypnotique

Se encuentran en El gato negro, casi en la esquina de Corrientes y Montevideo. Víctor pide un Legui sin hielo y un chocolate caliente para Esther, que juega con los abalorios de un pequeño rosario descascarillado que perteneció a su madre. Anida en su mirada turbia, clavada en los lirios del mantel de plástico, un vacío enorme que todas las promesas de felicidad no habrían podido llenar, una consternación como de romance truncado por la muerte. Víctor se toma el Legui de un solo trago. Respira hondo; una gran vena verdeazulada surca su frente a modo de dique de contención.

"Mozo, el submarino, por favor." "Sonáte la nariz, ¿querés?" Víctor le acomoda un mechón de pelo desteñido detrás de la oreja. Luego enciende un cigarrillo, esgrimiendo su juventud exultante como unas garras retráctiles; un Svengalí de saldo de verga caballesca, un profesional agitador del pánico ad absurdum, eternamente agazapado, el cabello negro azabache peinado a la cachetada con Glostora. Sus manos son rugosas, gruesas, como de estibador, implacables. La izquierda ostenta un enorme anillo de oro, el mismo que algún tiempo atrás melló sus piernas para siempre. Ahora Víctor no es Víctor, sino su réplica, un muñeco que ocupa su lugar, una caricatura grotesca de perfección obsesiva: un arquetipo, el macho que te coge y te faja al mismo tiempo.
"Nos volvemos a Lanús. Gandini nos esta esperando."


La palabra "Lanús" arranca a Esther de su mutismo y se prolonga como un sonido sinusoidal expandiéndose hacia arriba, por el aire. Lanús. Un murmullo gutural entre los lirios. Por las calles de Lanús reina el mal, esa serpiente que se devoró a sí misma, un amasijo infrahumano, inmundo, Víctor y los demás abandonándose al delirio de sus pechos sinuosos, retorciéndolos, modisqueándolos como bestias, la abulia del mal en las marcas de cigarrillo que ahora recuerda y que súbitamente desea tocarse, las carcajadas grotescas bajo las máscaras de cotillón, su propio rostro como una máscara, lívido y reseco, en una gran angular tomada por algún cabo de la Regional cincuenta y siete del Distrito Provincial de Adrogué.

"¡Tomáte eso que nos vamos ya, carajo!", deja escapar Víctor entre dientes y golpea la mesa levemente; los pocillos y el vaso de Legui tiemblan. "¡Mozo! Otro Legui, por favor!" Afuera, la gente se agolpa sobre las aceras de los teatros. Alguien está firmando autógrafos a la salida del Blanca Podestá. El auténtico teatro de revistas ha muerto, sofocado por el auge del video-burlesque y la democracia. El público no se renueva. Esther toma otro sorbo tibio de su chocolate. Su lengua ha palpado un objeto de superficie rugosa que mastica casi como por inercia. Las finas alas de una cucaracha se parten en mil pedazos amargos y crujientes que se alojan entre los resquicios de sus muelas. Última parada: Lanús.





Monday, February 15, 2010

. ...hunger!

Definitivamente, nunca hubiera imaginado que se afeitara las pelotas. Quedaba claro que la sensación de tenerle en mi torrente sanguíneo, en el litio de mis glóbulos blancos o navegando en mi colesterol era un puro simulacro, un afecto aplacable únicamente por el hambre. Sabía que no era una relación simétrica. Lo supe desde el primer día que me confundí con su cuerpo entre las redes del tedio, en la primera de las tres o cuatro madrigueras que ocupó en Buenos Aires, entre el Riachuelo y la Dársena Sur. Hijo de puta. Llamémosle C. Llamémosle C, el estudiante chileno, el perro romántico. Yo era una gallega desorientada más de los cafés de Puerto Madero. Solíamos quedar frente al Mercedes Benz del monumento a Juan Manuel Fangio. Permanecíamos horas sentados allí, fumando cigarrillos y bebiendo coca-cola. Rara vez hablábamos. Alguna vez, en el transcurso de nuestros largos paseos por el dique 4, me miraba y su cara parecía alumbrarse aéreamente, a veces me sonreía y metía su mano en el bolsillo de mi chaqueta para tomar la mía o simplemente me abrazaba o se balanceaba en los andamiajes lanzándome visajes de mono borracho. Yo prefería recibir esos momentos sobriamente, sin grandes aspavientos, como quien toma algo prestado, consciente de mi papel en nuestro improvisado teatrillo ambulante y, aunque mi actuación fuera más bien tan forzada como poco profesional, cualquiera nos hubiera confundido con una pareja normal, aunque lo cierto es que apenas llegamos a conocernos. Él bebía agua del surtidor, doblando el espinazo lánguidamente, recogía del suelo una hoja amarillenta y bífida, una polilla del pleistoceno, y entonces me besaba, con su barba todavía mojada y llena de mariposas.

C, el chileno, afeitaba sus pelotas ya de por si tan suaves, tan dúctiles, pese a que su cuerpo lampiño ofreciera al tacto la caricia relente y dura del océano. Sentado su zona lumbar se relajaba, volviéndose un muro infranqueable de pie, y así su espalda parecía encorvarse bajo el peso de los omóplatos y el vientre se adelantaba terso y los codos retrocedían como si las manos tomaran su pecho en el transcurso de un lance patético irreconocible. Sus labios grandes y levemente irregulares, más lobulados hacia su lado izquierdo. La nariz ligeramente torcida, había recibido el impacto de una lata de conservas hacia los catorce o quince años, dejándole una imperceptible depresión también en el lado izquierdo. A pesar de estas dos pequeñas irregularidades, junto un invisible desplazamiento de la musculatura facial, su cráneo resultaba una estructura bastante armónica. Unos ojos brunos, pequeños y afligidos sostenían un par de cejas altamente pobladas y rectas de las que emergía una frente cuya piel, sin apenas arrugas de expresión, era más clara que en otras partes de su cuerpo. Me gustaba besar su frente y sentirla tirante y fría bajo mis labios, mientras él sostenía mi cuerpo indiferente, me hacía recordar el tacto de aquella especie de pelota suiza con manguitos con la que me entretenía a los ocho años en el pasillo de casa, durante aquellos momentos de goce solitario en los que me cuestionaba si podría haber nacido en otra familia o simplemente no haber nacido en absoluto, si podría haber nacido chica o chico, o qué era aquello de la “hiperplasia adrenal congénita” (ya por entonces mis padres habían comenzado a infligirme una intensa terapia quirúrgica y hormonal). Yo me lo tomaba como un juego, un juego de médicos. Mi adolescencia fue un oasis de ardor en mitad de una pista de hielo; mi infancia un largo escalofrío.

Él nunca me acariciaba los senos a pesar de que me los había operado recientemente. Cuando follábamos le gustaba cruzar mis piernas a la altura de los tobillos entre sus manos y sostenerme con el brazo alzado en cada una de sus envestidas. Sólo me follaba analmente. Me gustaba sentir cómo me punteaba rápidamente y luego, casi de aguinaldo, su polla irrumpía ávidamente provocándome deliciosos espasmos para luego explorar mi interior con tranquilos movimientos circulares. Me abría entonces de piernas ampliamente o levantaba la pelvis a la altura de su cintura y dejaba que él disfrutara mirando su polla entregada al vaivén de los acontecimientos; sonreía como un niño y alargaba su mano hacia el bote de popper, que en grandes dosis me producía ataques de risa incontrolables, con el que tan fácilmente nos abandonábamos al olvido ondulado de colocón y sábanas. El sexo era para nosotros algorítmico. El ritmo cardiaco asciende y desciende como ondas en un estanque, como el cableado eléctrico visto durante un viaje en tren. En ese momento no se buscan las partes amadas del otro; se olvidan los pliegues predilectos, el aroma de ingles y axilas, flores oscuras, filamentosas, labios que se cierran una noche de golpe, escudos en alto, con sus espadas de media luna. Una mañana, como en el cuento de Caperucita y el lobo, mientras me penetraba por detrás, sintiéndome despojada ya de todo beso o caricia, pensé en comérmelo. La indecisión dió paso al hambre, a un hambre pertinaz.

Hoy he visto sus pelotas brillar bajo la luz mortuoria del baño, la cuchilla las rasuraba con instruida solemnidad. No estoy capacitado para mantener una relación, mira cómo te trato, me dice. Y yo me quedo despoblada con mis ojos de vaca india, porque creo que estoy enamorada de su carne y no es cuestión de alucinación metafísica, no es cuestión de Descartes ni de Barthes, porque eso sería producir una esfera de pensamiento en la que sólo cupieran los serafines colgantes de la catedral de Sofía. Él prosigue: lo que pueda sentir hacia ti no tiene importancia, no mueve montañas, no me va a ayudar a dejar de fumar. Pienso en sus pelotas rasuradas y lo difícil que es masticar un escroto en crudo, sin cocinar.

Me llamo Auxilio Betancourt y, aunque soy española, soy la madre de la gastronomía argentina. Mi sexo se dejó los dedos en el hogar de los sacrificios humanos. Yo los conocí a todos y todos me conocieron a mí.




Saturday, January 30, 2010

Ripping Esther


La pista de aterrizaje brilla bajo la luna, me protejo los oídos del agudo tropel que sale disparado de las turbinas. Mis ojos no son mis ojos, son las caricias de un desconocido a un perro que muerde las violetas con el morro lleno de babas verdes. Mis ojos están en Leipzig, mis ojos están aún en el restaurante Agripina de Gottschedstrasse. Mis ojos absortos, escurridizos, cercenados y expósitos en un vaso de agua de vichy. Un viento acerado y frío pasa a través de mi cuerpo: mi cuerpo oscila como una tela de araña.

Son las once y media de la noche. Me doy prisa para no coincidir con la clase turista. El cumplimiento de la ley no exime del pecado que supondría apagar el último de mis cigarrillos egipcios. Espero bajo el monitor de información, apoyada en mis muletas. El bucle de la cinta transportadora parece haberse estabilizado en una bolsa de mano naranja fosforito bastante manoseada y un guante olvidado por algún operario. No sé por qué me empeño en empaparme del momento en que despegamos de Berlín y vimos sus luces ocres especular sobre el ala del avión. Vuelve a invadirme una subterránea necesidad de lagrimeo. Mi encuentro con Angelina ha sido más fructífero de lo que nunca hubiera imaginado, para ser ésta una estrella octogenaria, acabada y reanimada para la posteridad del olvido. Nuestra conversación ha llenado el abismo de silencio que acompañó a Esther en los últimos años de su vida. Qué cutre es todo en el sur de Europa. A una le entran ganas de exiliarse a Ganímedes junto a las azafatas.
Aparece en escena la agente de vuelo Genuflexa Williams, como una hierofanía, con su unánime ojo, pues sólo tiene uno, justo encima de la nariz afilada (la línea de maquillaje que lo subraya comparte escrupulosamente el mismo tono verde clínico que da color a sus labios y a su vestido). Declama que lo siente muchísimo, que mi equipaje fue enviado por error a París, la ciudad del amor, y que por favor la acompañe a la ventanilla de ventas de Iberia, donde está a punto de comenzar la representación de una obra teatral.

Pero algo en su voz ha traspasado los límites de la generosidad, algo en su voz la ha delatado, un crujir, un "amago de", un rumor aguamarino y verdoso de roquedal, y muchos años, cientos de años, miles de años a pie de barra en antros y tugurios públicos y privados de todo el espacio abierto internacional; un pequeño sofoco, casi un resuello, me ha dejado bien claro que me olvide de tomar mi próximo vuelo; algo en su voz me ha gritado vete, corre, escóndete, olvídate de tus cosas, tus cosas no son tus cosas, son los cosos y cosas de la vida, deseosa de ti misma. En mi cabeza decenas de taxis han atravesado la ciudad hacia destinos improvisados, hacia destinos dadá, hacia hostales alejados de las cámaras de seguridad que agobian el centro. La vida siempre vuelve preguntando por sus cosas, ¡huye!




Saturday, January 23, 2010

Surmenage


En el 87 su carrera estaba prácticamente acabada. La ATC le había ofrecido casi por piedad un especial infantil de su parrilla dominical que saldría al aire a las tres de la tarde. Debería interactuar con una familia de títeres comandada por NariChoco en un remedo de otro programa creado por la competencia, emitido en la misma franja y protagonizado por los más famosos Carozo y Narizota. Grabaron un piloto que fue emitido el 23 de octubre, una muestra lamentable de su estado por aquellos últimos días: confundía a los personajes, de a ratos su mirada se quedaba quieta en el vacío, como hipnotizada por la lente de la cámara. Su problema estrábico parecía haber empeorado. Algunos creen haber escuchado su voz pidiendo un whisky sobre el anuncio de los auspiciantes.Trabajar con niños la sacaba de quicio. No podía soportar la idea de que una persona más joven le quitara protagonismo.
Cuentan que, en cierta ocasión, antes del segundo corte de publicidad, mientras leía los saludos a cámara, se enredó en un enigmático soliloquio que hubo que cortar abruptamente cuando Esther, al borde de las lágrimas, se puso a pedir piedad a un tal Leopoldo... Entonces nadie dijo ni una sola palabra. Que en aquellos tiempos mucho menos turbulentos nadie levantara suspicacia alguna es algo cuanto menos raro.

Nunca pudo grabar el final porque se quedó dormida en el Estudio Uno, mientras los pibes de alrededor le tiraban papel picado y golosinas. Habían interrumpido su medicación. Nadie la había visto tan errática antes. Su cuarto y último esposo, el ex-delantero del Chacarita Juniors Martín Salcedo, lo había advertido unos meses atrás, en una fiesta familiar en la quinta que la pareja poseía en Ramos Mejía. "Acá va a haber una fatalidad (...)"


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Friday, January 22, 2010


Rosario, viernes 3 de junio de 1987

No sé por qué te escribo estas líneas, Leopoldo. Son ya más de las cinco, estoy agotada, vacía por dentro. Muy asustada(...) sería una estupidez decir sin más que únicamente me pongo en contacto con vos cuando me siento sola(...) 
Dudo mucho que vuelva a temer a nadie como te he temido a vos ¿Qué querés que te diga? Prefiero vivir amores más descafeinados.
 Pienso en los últimos dos años y en cómo mi vida ha dado un giro de 180 grados (qué digo 180, ¡de 360 grados!) para dejarme cómo y dónde estoy, aún consciente de cuanto he intentado perdonarte, porque no se puede vivir así, tan llena de odio, haciendo todo lo posible por destruir a cualquier otro que se cruce en mi camino tan sólo porque nunca fui capaz de destruirte a vos. Me asombra haber aguantado todo este tiempo amordazada (más que nada por mí misma). Incluso he tenido oportunidades de verte cara a cara y no he querido satisfacer lo que en el fondo era mi deseo más oculto. Creo que no hice bien. Pienso en lo que suponía para mí pasar un par de semanas o aún más, un par de meses sin verte. Encerrada, ¡Dios no lo permita! Qué ilusa fui... Pero lo sigo pasando mal, sabés, y eso sí que es culpa mía(...)
Es algo ridículo que una vez más termine escribiendo cartas que no llegan a ninguna parte. 
Quiero mantener limpio mi corazón, Leopoldo. Sé que ya es un poco tarde para ganarse el cielo, pero quiero sacarme esto de encima de una vez por todas. No juego más... no puedo más. No vuelvas a enviarme mensajes. Si me hubieses pedido que dinamitara el Puente La Noria hubiera sido más comprensible. Pero algo así no, Leopoldo, no, por el mínimo de decencia que nos quede!

Esther
PD. Muchas gracias a Lily por las ricas conservas y el tiramisú.



Friday, December 11, 2009

une vie entre les pennes*

«Hacia fines de los 70, cuando su carrera recién despuntaba, se granjeó la enemistad de sus colegas que la marcaron con el apodo de "la querida del General Galtieri" (...). Fue su etapa como proscrita en las marquesinas de la calle Corrientes. Su persona figuraba únicamente en los programas bajo el pseudónimo de "Elena Suárez Camisón: sustituta", como también gustaban llamarla por aquellos tiempos. Obviamente, nadie se atrevía a llamarla "prostituta" a secas. El ambiente estaba enrarecido, uno podía desaparecer, así sin más, por el motivo más absurdo o arbitrario. Toda la farándula autóctona estaba bajo vigilancia; cualquier giro sospechoso o imaginario hacia la izquierda era punido con siniestras llamadas telefónicas a altas horas de la noche, quema de carteles y destierros televisivos varios. La única salida era el ostracismo obligado y persistente, hasta acabar convirtiéndose en otro cadáver social y tener que ir a hacer la cola para comprar el pan, como todo el mundo, o volar hacia destinos más permisivos. Claro que también estaba el suicidio (recordemos el luctuoso deceso de Delia La Fox y su salto mortal desde el Puente La Noria).
 Simpatizantes de la Nouvelle Vague, bailarines, empresarios ilusos que gastaban hasta el último centavo intentando estrenar a Arthur Miller en el Teatro Nacional Cervantes, aquella estrella de cabaret feminista que reimaginó los poemas de Safo en una legendaria actuación extraterrestial, en vivo, por ATC, todos estaban fichados, eliminados de todas las grillas, bajo el pulgar de una especie de macarthismo vernáculo bien de cuarta. Un sainete que habría resultado desoplilante de no haber sido real; policías iletrados en busca de psico-bolches, imaginándolos en cada esquina, barbudos, pelilargos, putos, fumando Benson & Hedges y tramando sublevaciones maoístas entre susurros...»

(...)

«Diciembre de 1980, la era de la "plata dulce" ha llegado a su cénit. Esther volvía de Miami, esa aberración que la Argentina tilinga aún insiste en llamar Paraíso. Aterrizó en Ezeiza con veintidós valijas, 500 kilos aproximadamente. Veinte trajes de strass, cuarenta y tres boas de pluma de avestruz africano (algunas de más de diez metros), una legión de tacos aguja, decenas de tangas y concheros con incrustaciones de diamante y esmeraldas: el vestuario para su debut en el Tabaris, Tengo un "cua-cua" en el upite, el musical que la lanzaría a la fama. Muchos aún recuerdan su llegada triunfal al teatro con renovados aires de diva, los agotadores tres meses de ensayo antes del estreno, el nuevo e inusitado poder entre sus manos de despedir a cualquier integrante del elenco o la producción, sus caprichos pantagruélicos, las inquietantes visitas de algunos de los integrantes de la Junta de Gobierno "para ver como iba todo", la foto de rigor para el semanario Gente... 
Sin embargo, lo que ha quedado más enraizado en el imaginario popular de aquellos frívolos días fue el famoso desplante de la que alguna vez fue primera figura del teatro argentino, Liliana Cassini, que se rehusó a las absurdas exigencias de Esther con un sonoro portazo de despedida que hizo temblar las paredes de más de un camarín. Por los pasillos del teatro aún sonaba el eco legendario del cachetazo que Libertad Lamarque le propinó a una joven Eva Duarte (más tarde de Perón), lo que le valió un exilio mexicano que se prolongaría por el resto de su carrera y también de su vida.»

* Extracto de la biografía no autorizada de Esther Castro Negrete.


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Wednesday, November 11, 2009

neoplatonic kryptonite



En la Escuela Industrial de la Nación (ex Instituto Politécnico "General San Martín"), frente al recién inaugurado Monumento al General Onganía, veinte estudiantes de literatura comparada que desarrollaban labores de propaganda se vieron envueltos en una trifulca con los miembros de la Federación Antisecular Universitaria, que había irrumpido apoderándose de unas quinientas fichas de nuevo ingreso e instando a disolver la recientemente creada Comisión de Bibliotecas. Durante la revuelta, que dejó un balance de cinco estudiantes lesionados y un carrito de devoluciones de la biblioteca central reducido a cenizas, no intervino la policía preventiva. La Revolución de los Hipogrifos, bautizada así por una redactora del Reader’s Digest (una catedrática de Lenguas Muertas, aficionada a la mitocrítica, llamada Angela Carrion) en un artículo titulado De inconvenientia militaris disciplinae cum christiana religione, estaba liderada, según la opinión de la experta en latín medieval, por unos cuantos mocosos desorientados por el neokrausismo y ciertas ideas ontológicas trasnochadas y sospechosamente urdidas a través de un discurso de resonancias místicas que, al fin y al cabo y dadas las circunstancias actuales, estaba llamado a ver cumplidas sus exigencias. Éstas eran: la derogación de la Ley Orgánica de Enseñanza; la derogación del Decreto supremo A867 del 15 de Junio de 2021, que regulaba los seminarios universitarios impidiendo la introducción de panópticos en el ámbito de las cofradías escolares; fin del derecho universal a la enseñanza; estudio y reforma de la Jornada Preparatoria Completa; reinstauración del Filtro Estatal de Aislamiento Universitario. También pedían seguridad privada en las aulas y la expulsión de los departamentos de toda persona cercana a ideas de inconveniencia de género. Seguramente alcanzarían sus objetivos, pero, de todas formas, ¿qué los empujaba, por así decirlo, a movilizarse además por refundar las raíces cristianas de la nación?, ¿por qué esa animadversión a la mujer?, ¿cómo ocultar ya el holocausto marica? No había terminado de enfriarse el cuerpo de esta temeraria colaboradora del Reader’s en su apartamento de la avenida Pellegrini cuando Carlos Tedesco, jovencísimo efebo becado por su departamento, amedrentado por la Policía Religiosa ante la idea de tener que meter sus pelotas rasuradas en una jaula llena de ardillas, dio el nombre de cinco elementos reaccionarios: Raquel Neira, la famosa escritora; Esther Castro Negrete; Víctor Bonate y Enrico Gandini (o tal vez Gandiano), lacanianos; y Coco Nube, una travesti saharawi que se ocultaba en un local alquilado por Jasnikovski en la calle Tucumán. Era el preludio del Jueves Sangriento, los albores de la Revolución Cultural.




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