Ripping Esther

La pista de aterrizaje brilla bajo la luna, me protejo los oídos del agudo tropel que sale disparado de las turbinas. Mis ojos no son mis ojos, son las caricias de un desconocido a un perro que muerde las violetas con el morro lleno de babas verdes. Mis ojos están en Leipzig, mis ojos están aún en el restaurante Agripina de Gottschedstrasse. Mis ojos absortos, escurridizos, cercenados y expósitos en un vaso de agua de vichy. Un viento acerado y frío pasa a través de mi cuerpo: mi cuerpo oscila como una tela de araña.
Son las once y media de la noche. Me doy prisa para no coincidir con la clase turista. El cumplimiento de la ley no exime del pecado que supondría apagar el último de mis cigarrillos egipcios. Espero bajo el monitor de información, apoyada en mis muletas. El bucle de la cinta transportadora parece haberse estabilizado en una bolsa de mano naranja fosforito bastante manoseada y un guante olvidado por algún operario. No sé por qué me empeño en empaparme del momento en que despegamos de Berlín y vimos sus luces ocres especular sobre el ala del avión. Vuelve a invadirme una subterránea necesidad de lagrimeo. Mi encuentro con Angelina ha sido más fructífero de lo que nunca hubiera imaginado, para ser ésta una estrella octogenaria, acabada y reanimada para la posteridad del olvido. Nuestra conversación ha llenado el abismo de silencio que acompañó a Esther en los últimos años de su vida. Qué cutre es todo en el sur de Europa. A una le entran ganas de exiliarse a Ganímedes junto a las azafatas. Aparece en escena la agente de vuelo Genuflexa Williams, como una hierofanía, con su unánime ojo, pues sólo tiene uno, justo encima de la nariz afilada (la línea de maquillaje que lo subraya comparte escrupulosamente el mismo tono verde clínico que da color a sus labios y a su vestido). Declama que lo siente muchísimo, que mi equipaje fue enviado por error a París, la ciudad del amor, y que por favor la acompañe a la ventanilla de ventas de Iberia, donde está a punto de comenzar la representación de una obra teatral.
Pero algo en su voz ha traspasado los límites de la generosidad, algo en su voz la ha delatado, un crujir, un "amago de", un rumor aguamarino y verdoso de roquedal, y muchos años, cientos de años, miles de años a pie de barra en antros y tugurios públicos y privados de todo el espacio abierto internacional; un pequeño sofoco, casi un resuello, me ha dejado bien claro que me olvide de tomar mi próximo vuelo; algo en su voz me ha gritado vete, corre, escóndete, olvídate de tus cosas, tus cosas no son tus cosas, son los cosos y cosas de la vida, deseosa de ti misma. En mi cabeza decenas de taxis han atravesado la ciudad hacia destinos improvisados, hacia destinos dadá, hacia hostales alejados de las cámaras de seguridad que agobian el centro. La vida siempre vuelve preguntando por sus cosas, ¡huye!
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