Esperando a Dodot

Una situación precaria me obligó temporalmente a vivir en una casa de adopción. No estaba preocupado, ya me había sucedido antes. Aunque esta vez la familia me resultó un poco extraña. En la casa me destinaron un cuarto pequeño y destartalado. Caía el agua, desde una gotera, sobre el ordenador. Mucha humedad. Había una anciana en esa familia. Era japonesa? Quizá era que estaba ya desequilibrada por la demencia y chocheaba. En todo caso, todos eran extraños para mí, tan extraños como una mantis religiosa de dos metros posada sobre mi cama. Sobre esto reflexionaba cuando entré en la casa desde la puerta de calle (claro, no podía entrar desde otro lado, no?) y me encontré con él en el patio. Su vestido, floreado. El bolso, ínfimo. Los tacones, tres tallas más grandes y el sombrero de playa, despampanante. Las gafas de sol gigantes, como de cotillón, bien podrían haber venido en cualquier chupetín Topolino con sorpresa...Estaba mirándome, pero no me estaba mirando. Se movía rítmicamente sobre la altura de sus tacones al compás de una melodía de blues muy antigua, pero nueva, algo así como este nuevo primitivismo en el que Moby o Coco Rosie se regodean, un poco ñoño en su construcción. Su amusicalidad toma por sorpresa. (El gospel repetía "Circle in the saaaaaand" ad infinitum). He dicho que me miraba, si, pero en realidad podría haber estado mirando a un insecto que entró por debajo de la puerta, algo completamente aleatorio. Se movía hacia arriba y hacia abajo, los volados de su vestido se agitaban palidamente, haciendo notar la inmovilidad del mismo, como si estuviese demasiado almidonado. Me hizo recordar a la Daisy Duck, la señora de Donald. Era la señora de Donald, o la novia de siempre, no se. Nunca se habian casado, no? Se dió vuelta. Girar en derredor sobre sí misma le resultaba difícil. Con semejantes tacones...Entró al comedor. Estaban allí sus padres? Era su casa? La gente que me habia adoptado era parte de su familia, de eso no cabía duda. Así estamos...
cinco monedas silesias
P. K.
El recado de ir a ver tus ojos verdes.
Me dijiste: "Ven a ver a mi prima"
(do you go to ognisko? my kuzynka ładna...)
La tristeza de tus dieciséis años.
Aun te veo jugando con tu cámara.
Aquel zarcillo con el que pretendías ser un hombre.
Y luego nos perdimos (o fingimos perdernos)
por los robles e intentaste besarme y yo te dije:
"Do domu!"* ¿Lo recueras?
Luego comimos naranjas y translúcidas
uvas de iridiscente piel al borde del Nysa.
La rauda sombra de un ave sesgó
tus ojos cerrados durante un instante
que nadie más vio y que solo yo recuerdo.
*Do domu!- ¡Vete a casa!
Wrocław, 21 años
Quiero ser y no puedo.
Debieron maldecirme al nacer.
He buscado la señal por todo mi cuerpo.
¿Qué hora? ¿Qué hora era?
Siempre pierdo los relojes o más bien
se rompen de puro aburrimiento.
Hoy unos ojos turbios, legañosos, me miraron
unos ojos negros, en un bar del Rynek.
Nada pude tomar.
Nada pude entregarles.
Cuando llegué, zorra,
cuando llegué al mundo tú estabas de viaje,
palpitaste en el mármol,
me abandonaste a la bronca herrumbre de mis veintiún años,
ignoraste mi lengua y mis manos,
despreciaste mi voz.
Te dejé un mensaje en el contestador.
El sosias
Durante una mañana de cisnes y aguanieve
barro y putrefacción, alegría!
en una isla de Wrocław
fuiste de nuevo en otra persona;
al punto libraste de sus murallas las ciudades
y creíste gobernar la humanidad entera.
El extraño fenómeno duró un segundo
de esos que se dilatan durante años
y se esfumó al llegar las voces de la guerra
con el unánime vuelo de las palomas.
Ese mismo día, por la noche,
después de una huida que duró siglos, silbaron
las Variaciones Goldberg, mentirosas,
en un bareto terminal de Cracovia.
Me pregunto ahora dónde que quedó todo aquello
que me dijiste, acaso vengan ahora
las armas de destrucción masiva,
la voz de la memoria que inquiete a las avispas,
el insondable olvido repleto de tantas cosas. Quién sabe.
Acaso deba olvidar yo ahora;
Acaso, después de todo, tengas razón.
Adán
Una voz hendió la oscuridad.
No contenía entonces lenguaje alguno
que no fuera imagen o símbolo
del miedo a los lobos o del asombro.
Socavando el silencio de los aires primarios
unas pisadas clausuraron, insomnes,
el pasado virginal de las arenas del cobre.
Fue entonces cuando el primer hombre
miró sus manos ausentes de líneas,
todavía limpias e ignorantes sin
órdenes de un dios implacable y solitario.
Arriba germinaban las primeras estrellas
y un gran disco dorado prodigaba su luz dispersa
desde la lejanía de su altiplanicie,
más allá de las aguas fatales que él temía
y que algún día surcarían sus hijos furiosos
en una precaria balsa de metal
anudada por un par de fórmulas matemáticas.
Tal vez la inocencia que buscamos no sea
abolir la cámara de gas
o marcenar con leyes la tierra de la labor.
Tal vez la inocencia
sea aguardar al véspero planeta
que navega en la medianía de la luz y de la sombra,
y recuperar ese miedo y ese asombro,
primitivo e infantil de saberse desnudo,
desvalido y mortal
en la unánime noche.
Crisis ontológica
(No sé exactamente el qué ni con qué norma
nos rige en su tablero.
Hoy he sentido gravitar su sombra.
Que su hijo fuera o no clavado en un madero
o por el contrario muriera tan ricamente,
enferma, borgiana o suicidamente...)Labels: movimientos:perpetuos