"Los Troncos,1978"

La habitación está en penumbras. Algunos rayos anémicos de luz se cuelan entre las rendijas de la persiana. La mañana es fresca y los arbustos susurran en el jardín, mecidos por el viento marino. La cama es demasiado baja. La colcha esta desgastada, las sábanas percudidas asoman por los costados. Sobre el cabecero hay una gran mancha negra y cuadrada, donde antes supo estar el retrato de rigor que nadie se ocupó en descolgar y que quizás se haya caído de puro aburrimiento, como si el aburrimiento fuese una cualidad física y estuviese sometido a las leyes de causa-efecto. Las botellas de perfume vacías y rajadas se acumulan sobre la cómoda, junto a un cepillo que ya nadie usa, cubierto de pelo enmarañado. Hay una opacidad secreta mudando el aspecto de las cosas, el desgaste elíptico de los años, los tiempos muertos y los silencios esqueléticos...La recámara nupcial es ahora una tumba, el destino final de los amantes, el polvo que cobija un secreto a media voz, el epitafio.
"Treintaycinco"
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Escapando de la policía llegas a los bordes de un río caudaloso cuyo cauce corre muchos metros más abajo, un río de márgenes pedregosos y árboles resecos. No puedes arriesgar una caída. Aún así hubieras sido capaz de esconderte en alguna de aquellas cuevas como un ermitaño, todo el tiempo con la cabeza gacha, simulando buscar algo en el arenal. Más arriba, desde la otra orilla, te llegan los sonidos de una feria, cornetas y platillos, gente que ríe en compañia de un montón de desconocidos, la punta de un banderín sobre el techo del tiovivo que gira. Pero no te dirijas hacia allí. La huída debe continuar, a pesar de su futilidad. Cuando el cauce del río trace su primera curva, sube por el margen izquierdo hasta la casa de granito negro como la noche. El portal estará abierto. Atraviesa el patio de mosaicos hexagonales. Cuando llegues hasta el ventanal del cortinado rojo, como en las bambalinas de un teatro, detente. Él estará ahí, parado frente al espejo del armario, tres cuartos de su cuerpo desnudo. Oirás una discusion amarga, y una voz femenina replicando, desde algún lugar de una casa que en realidad nunca fue su casa. El tono es el mismo; secretivo, apretando los dientes, el chirrido familiar de su rapto oscurantista. Otro arrebato. Corre por tus venas esa misma sangre, el mismo rubor intenso en el rostro explotando en las mejillas, el horror privado, la adolescencia inerte en algun rincón de sus cincuenta años. Y el cabello canoso, y ralo.