1-Esa noche soñó que iba a ver a su amante, un espléndido y agresivo ejemplar de poco más de cuarenta años, y lo encontraba avejentado y consumido, tapado hasta el cuello con frazadas roídas por el tiempo y los insectos en una tarde de calor sofocante. No había transcurrido mucho desde su último encuentro, tan sólo unas semanas quizá, a lo mejor poco más de un mes. No sabía su nombre, nunca se lo había preguntado, y él no era del tipo que se molestara en presentarse ante una mujer. No era arrogancia, sino su naturaleza simple y depredadora lo que alimentaba sus encuentros furtivos, el miedo a lo desconocido y una necesidad íntima de ser auscultada, olisqueada y deglutida por un animal rastrero; un hombre de pocas palabras, ojos azules apagados,e incipiente barriga cervecera. Quizá un capataz de obra o un oscuro inversionista ignorante, dueño de un piso amplio y comfortable, de intenso mal gusto. Más de una vez se imaginó a sí misma desmantelada sobre aquél suelo de mosaico ajedrezado del pequeño patio trasero que daba a su habitación, sus pertenencias desperdigadas flotando en un riachuelo de sangre turbia escurriéndose por el desague, tarjetas, servilletas de papel con números de teléfono susurrados por extraños a la salida de los servicios de alguna estación de tren en horas pico. Era él, sin duda, pero el anima libidos brillaba ahora por su ausencia; únicamente un recuerdo áspero en sus ojos legañosos extinguidos. Un aroma acre de orina y halitosis flotando en la habitación, una caja de zapatos llena de medicamentos vencidos, pilas de diarios húmedos pudriéndose en una esquina, una mise en scéne simbólica y algo naif, una burda representación de la vejez más mezquina y solitaria. La cogió del brazo, intentando desviar su atención de la mugre que los circundaba. Le estaba pidiendo algo, pero las palabras no salían de su boca, se extinguían en su laringe con un crujido de hojas muertas. Se estremeció al recordar su antigua compulsión por hurgar entre sus genitales y el culo, como si hubiese perdido algo allí dentro y le urgiese volver a encontrarlo, una búsqueda infructuosa que siempre parecía estar volviendo a empezar. Quería decirle algo. La presión en su brazo izquierdo se hacía cada vez más fuerte. Ahora su impotencia y el desamparo se funden en el recuerdo de su falo enorme, antaño poderoso y despiadado... 2-Despierta en una habitación que no es la suya. Ha perdido la noción del tiempo, aunque la perpendicularidad de los débiles rayos del sol cayendo sobre el ventanal le sugiere que podrían ser más de las seis de la tarde. Prefigura un patio interno y gris más allá de los cristales, varios metros más abajo. Intenta recordar como ha llegado hasta aquí, quien la ha depositado y arropado vestida en esta cama de dos plazas, cubierta por un edredón deshilachado y grasiento. Las ventanas estan cerradas, pero una suave brisa parece agitar el cortinado blanco acariciando el suelo. Una visión temblorosa en la semipenumbra del cuarto; detrás del genero blanco hay una silueta inmóvil, de espaldas. Es un niño, o quizás sea un enano, mirando por la ventana. Transcurre un tiempo hasta que sus ojos se acostumbran a la penumbra, un tiempo silencioso e interminable. Intenta incorporarse en la cama, alelada por una jaqueca intensa localizada en la base del cráneo y sintiendo su cuerpo como apaleado bajo las mantas. El contoneo suave y arrítmico del cortinado le permite vislumbrar por una fracción de segundo la cabeza del niño, su cabello oscuro y sedoso, el cuello de su camisa de un blanco impoluto. "¿Sábes quién soy?" Tres palabras que parecen flotar a su alrededor, munidas de una fisicidad imposible. ¿Ha sido el niño, o a lo mejor su propio eco, o una voz aflautada en su cabeza que nunca se había pronunciado antes? Los músculos de su espalda se tensan dolorosamente como cuerdas metálicas estirándose hasta el límite de su mandíbula desencajada. De nada sirve esperar una respuesta, una réplica que tuerza el sentido de esta inquisición desasosegante y antirretórica que aún flota por el aire viciado de esta habitación como un encantamiento fétido. El niño permanece inmóvil, como una estatua viviente, o una cabeza parlante, detrás del cortinado. Es en vano esperar. La voz sube el volumen y se dispersa, imitando el graznido y la urgencia de unos pájaros desbandados. "¿Sábes quién soy?!"