neoplatonic kryptonite

En la Escuela Industrial de la Nación (ex Instituto Politécnico "General San Martín"), frente al recién inaugurado Monumento al General Onganía, veinte estudiantes de literatura comparada que desarrollaban labores de propaganda se vieron envueltos en una trifulca con los miembros de la Federación Antisecular Universitaria, que había irrumpido apoderándose de unas quinientas fichas de nuevo ingreso e instando a disolver la recientemente creada Comisión de Bibliotecas. Durante la revuelta, que dejó un balance de cinco estudiantes lesionados y un carrito de devoluciones de la biblioteca central reducido a cenizas, no intervino la policía preventiva. La Revolución de los Hipogrifos, bautizada así por una redactora del Reader’s Digest (una catedrática de Lenguas Muertas, aficionada a la mitocrítica, llamada Angela Carrion) en un artículo titulado De inconvenientia militaris disciplinae cum christiana religione, estaba liderada, según la opinión de la experta en latín medieval, por unos cuantos mocosos desorientados por el neokrausismo y ciertas ideas ontológicas trasnochadas y sospechosamente urdidas a través de un discurso de resonancias místicas que, al fin y al cabo y dadas las circunstancias actuales, estaba llamado a ver cumplidas sus exigencias. Éstas eran: la derogación de la Ley Orgánica de Enseñanza; la derogación del Decreto supremo A867 del 15 de Junio de 2021, que regulaba los seminarios universitarios impidiendo la introducción de panópticos en el ámbito de las cofradías escolares; fin del derecho universal a la enseñanza; estudio y reforma de la Jornada Preparatoria Completa; reinstauración del Filtro Estatal de Aislamiento Universitario. También pedían seguridad privada en las aulas y la expulsión de los departamentos de toda persona cercana a ideas de inconveniencia de género. Seguramente alcanzarían sus objetivos, pero, de todas formas, ¿qué los empujaba, por así decirlo, a movilizarse además por refundar las raíces cristianas de la nación?, ¿por qué esa animadversión a la mujer?, ¿cómo ocultar ya el holocausto marica? No había terminado de enfriarse el cuerpo de esta temeraria colaboradora del Reader’s en su apartamento de la avenida Pellegrini cuando Carlos Tedesco, jovencísimo efebo becado por su departamento, amedrentado por la Policía Religiosa ante la idea de tener que meter sus pelotas rasuradas en una jaula llena de ardillas, dio el nombre de cinco elementos reaccionarios: Raquel Neira, la famosa escritora; Esther Castro Negrete; Víctor Bonate y Enrico Gandini (o tal vez Gandiano), lacanianos; y Coco Nube, una travesti saharawi que se ocultaba en un local alquilado por Jasnikovski en la calle Tucumán. Era el preludio del Jueves Sangriento, los albores de la Revolución Cultural.